En mis clases de Lengua Española y Literatura (como le llaman todavía en el colegio) me enseñaron a analizar historias, a construirlas, a entenderlas, a conocer a sus protagonistas, a sus antagonistas, me enseñaron a entender cómo se inician, cómo se complican, cómo se crean sus finales… felices, tristes, relativos. En Constanza transcurría la vida en calma para mí, venían días, pasaban días y seguía en mi burbuja, ajena a malas vibras y haciéndome cómplice del poder de imaginar que llegaba lejos.
Esos días cultivaron en mí una cualidad aérea que todavía me acompaña. Profe Olga y Profe Cecilia eran precisas y concisas, analizamos a La Gitanilla, la miramos al derecho y al revés. Analizamos a Marianela y sentí cómo sufría la heroína, vivimos durante un tiempo en los ingenios gracias a Over y así sucesivamente. Los interesados aprendimos a entender las historias, cómo iniciaban y cómo ofrecían diferentes tonos a medida que se acercaba el final… feliz, triste, relativo.De esta manera he aprendido que esa es la vida, todo en nuestra existencia se puede resumir en una serie de inicios, nudos y desenlaces que nos dejan lecciones aprendidas, sonrisas, lágrimas muchas veces y en el peor de los casos, un nudo que resiste desenredarse. A medida en que nuestra vida se desarrolla creamos mundos muy personales, mundos que se enriquecen, ganan luz o la pierden dependiendo de las personas que dejamos entrar a ellos. Personas que suman, personas que restan, personas que simplemente han cumplido un propósito, unos y otros cambian nuestro modo de ver la realidad, redirigen nuestros pasos de una manera muy sutil, llevándonos a vivir situaciones que terminan definiéndonos.
Nuestro paso por la vida se resume a pequeñas historias y muchas de ellas llegan a feliz término, otras tienen el resultado contrario, pero las peores son aquellas que se quedan inconclusas, aquellas a las que intentas buscarles el final… O aquellas a las que no encuentras el valor para darles un final, aunque este sea doloroso y amargo. Es importante estar consciente de esos mensajes que llegan en clave y que no puedes descifrar tan fácilmente, mensajes que anuncian cambios y decisiones. Vivimos tan rápido y a veces tan despreocupadamente que muchas veces nos toman por sorpresa las situaciones que nos ponen entre la espada y la pared con la expectativa de tomar una decisión.
El universo se nos pinta complicado cuando entendemos que solo nosotros tenemos el deber de poner el punto final a muchas situaciones. Ni la intervención divina, ni el consejo de los mayores, ni los pensamientos que llenan tu cabeza y amenazan con enloquecerte, pueden hacerlo por ti. Es entonces cuando comienzas a sentirte impotente y te das cuenta que escribir la historia de tu vida resulta muy difícil, resulta casi imposible comparándola con los argumentos que analizabas en el colegio en los que era tan fácil encontrar el inicio, el nudo y el desenlace. Ante tal caso, la providencia te ofrece varias salidas: Opción 1: “Sacas de abajo” y eres lo más honesto posible, piensas en ti, en tus sentimientos y luego en ti otra vez. Los demás involucrados deberán acatar una decisión que ha parecido salir de la nada. Opción 2: Ignoras tus sentimientos y peticiones de cambio, asumes tu realidad, la única que tienes y te resistes por siempre a pintarla de otro color. Opción 3: Actúas como “si todo fuera perfecto” y te obligas a crear perfección con lo que no toleras, presionándote, depositándote por siempre en la habitación de la frustración. Soy pésima para tomar decisiones, me toma mucho tiempo llegar a una conclusión justa.
Inconscientemente he elegido la opción 3 y, honestamente, no lo recomiendo. No existe secreto alguno para complacer a las partes, pero creo que al final de cuentas será una buena decisión si sigues a tu corazón, los mensajes ocultos que emite con cada latido. Debería existir para esto una fórmula perfecta pero lamento aceptar que no la hay, ni la habrá nunca. Yo siempre admiraré a los pocos que pueden construir magistralmente la trilogía Inicio-Nudo-Desenlace...